lunes, 25 de marzo de 2013

La república mediatizada de Cuba (I): intervencionismo estadounidense, 1898-1909

Vamos a dedicar una serie de entradas al estudio de la independencia cubana respecto a la metrópoli, España, a finales del siglo XIX y cómo una serie de circunstancias llevaron al joven estado cubano a la subordinación ante la gran potencia que estaba surgiendo en su mismo continente, a tan solo ciento ochenta kilómetros al norte de sus costas: Los Estados Unidos.

El periodo comprendido entre la independencia cubana, en 1898, y el golpe de estado de 1933, se ha conocido tradicionalmente como la república mediatizada, en clara expresión de la aspiración que no llegó a convertirse en realidad, debido al intervencionismo económico y político que ejercieron los Estados Unidos. En la primera fase de existencia del joven estado de Cuba, entre 1898 y 1809, ese intervencionismo tuvo también un carácter militar.

Este periodo estuvo marcado por la influencia sistemática de los Estados Unidos. Aniquilada la soberanía española sobre Cuba, aquellos que habían combatido por un sueño independentista observaron que, al tiempo que las tropas españolas abandonaban la isla, los soldados estadounidenses se quedaban como garantes del orden, con lo que Cuba se adentró en el siglo XX sometida y ocupada militarmente.

En términos políticos, la inspiración en el modelo estadounidense se hizo notar: una república de carácter constitucional y democrático, con un sistema político bipartidista (liberales y moderados). El fin del gobierno militar estadounidense con la retirada de las tropas y la sustitución de su bandera por la cubana, el 20 de mayo de 1902, no fue sino un gesto hueco.

La clave de esta primera fase reside en un punto polémico y ultrajante que fue considerado como "la negación de la independencia": la Enmienda Platt. La introducción de tal enmienda en la constitución cubana, garantizaba la mediatización política y económica. Estos eran los puntos más cuestionables en cuanto a la injerencia estadounidense:

-Se negaba a Cuba el derecho a negociar tratados que afectasen a su independencia.
-Estados Unidos adquiría el derecho a intervenir para garantizar la independencia cubana y mantener un gobierno adecuado para el pueblo cubano.
-Cuba habría de vender a Estados Unidos las estaciones carboneras y navales que se le solicitasen.
-Cuba debía convalidar aquellas acciones que hubieran desarrollado los Estados Unidos durante la ocupación.

 Los préstamos estadounidenses y la adquisición de la producción azucarera por parte de empresas estadounidenses fueron subordinando la economía isleña -la producción azucarera constituía en torno al 80% de las divisas cubanas-, lo cual tuvo su culmen cuando el primer presidente de Cuba, Tomás Estrada Palma, firmó el arrendamiento de Guantánamo y Bahía Honda. Esta situación se agravó con el paso de los años hasta el punto de que, tal como indica Thomas E. Skidmore: "Era el Federal Reserve Bank de Atlanta el que realmente establecía la política monetaria de la isla, ya que las autoridades cubanas, en la práctica, habían entregado todo control sobre el movimiento de activos monetarios entre Cuba y EEUU".(1)
Primera página de la Enmienda Platt.

En 1906 se produjo la segunda intervención estadounidense. La reelección de Estrada en mayo, tras la retirada de la oposición liberal a causa de la violencia política de los moderados, llevó a la llamada guerrita de agosto, la cual supuso la dimisión de Estrada -al no obtener de T. Roosevelt más que el envío de dos mediadores- y, ante la situación de desgobierno, una nueva intervención militar que implicó, según Leslie Bethell, la consolidación de la mentalidad plattista, basada en la idea de que los cubanos no estaban preparados para autogobernarse. Durante este periodo, fue Charles E. Magoon el gobernador provisional de Cuba, el cual creó un Partido Conservador que sustituyese al Moderado y un ejército profesional. La intervención estadounidense no finalizó hasta enero de 1909, con la llegada a la presidencia del Gobierno de José Miguel Gómez.
Segunda página de la Enmienda Platt.

(1) SKIDMORE, T.: Historia Contemporánea de América Latina. Barcelona. Crítica, 1996, p.286.
FUENTES


BELMONTE, J.: Historia Contemporánea de Iberoamérica. Tomo 2. Ediciones Guadarrama, 1971.

BETHELL, L.: Historia de América Latina. Vol.9´. Barcelona. Crítica, 1990.

FORNÉS, L.: Cien años de historia de Cuba (1898-1998). La Primera República (1899-1921). Madrid. Verbum, 2000.

SÁNCHEZ-BARBA, M.: Historia de América. Editorial Alhambra, 1981.

SKIDMORE, T.E.: Historia Contemporánea de América Latina. Barcelona. Crítica, 1996.

sábado, 16 de marzo de 2013

El I.R.A. y la lucha por la independencia de Irlanda (1916-1926)


Nota: Con esta entrada inauguramos una nueva sección, en la que colegas historiadores y, si procede, de otras disciplinas, participarán en nuestro blog tratando temáticas de las que son apasionados y grandes conocedores. En este caso, es un placer poder contar con la colaboración de un buen compañero y amigo como P. Huerta. Os dejamos con su apasionante texto. A.G.


Pablo Huerta
Licenciado en Historia


Monumento conmemorativo de la Guerra de Independencia
de Irlanda. Dublín.

 
El Ejército Republicano Irlandés (IRA), como organización propiamente dicha, es configurado en 1919 por el republicano irlandés Michael Collins, en el contexto de lo que se conoce como la “Guerra de Independencia” irlandesa, llevando a cabo una guerra de guerrillas contra el dominio británico de la isla. Pero para iniciarnos en su estudio debemos retrotraernos, por lo menos, a unos cuantos años antes.
 
A principios del siglo XX Irlanda se hallaba en su totalidad bajo el dominio de Gran Bretaña, actuando en lo político diversos grupos que no estaban conformes con esta situación: el Partido Parlamentario Irlandés (IPP) de John Redmond, que luchaba por el Home Rule, un régimen de autonomía para la isla; el Sinn Féin de Arthur Griffith, propugnando una monarquía dual para el Reino Unido como la que imperaba en Austria-Hungría y un absentismo hacia las instituciones británicas, suerte de desobediencia civil con la que los representantes irlandeses electos harían inviable la dominación del Imperio, ideas no muy extendidas entre la población; la reorganizada Hermandad Republicana Irlandesa (IRB), heredera de las insurrecciones “fenianas” del siglo XIX, practicando un decidido entrismo en todas las organizaciones nacionalistas, luchando sobre todo por el control del SF.
 
En el noreste de la isla (una parte del Ulster) la situación era radicalmente distinta. Allí la población de origen protestante era mayoritaria y, políticamente, el unionismo era preponderante. La Orden de Orange ejercía de elemento para la conciliación de clases con una ideología unionista supremacista, que consideraba cualquier avance (real o supuesto) de la población católica como un perjuicio para sí. Este poder de la Orden se cristalizaba políticamente en el Partido Unionista, fundado en 1886 para luchar contra el Home Rule. En esta franja de la isla, el nacionalismo irlandés lo tenía muy complicado.

En 1912, ante la inminente aprobación del Home Rule, Edward Carson, prominente unionista y agitador de la consigna sectaria “Home Rule is Rome Rule”, creó la Fuerza Voluntaria del Ulster (UVF), una milicia paramilitar dispuesta a rechazar la medida con las armas en la mano, si fuese preciso.
 
En respuesta a la UVF, en noviembre de 1913 Eoin MacNeill, uno de los lugartenientes de Redmond, fundó la milicia de los Voluntarios Nacionales Irlandeses (INV), una fuerza consensuada entre los diferentes grupos nacionalistas con la que presionar por el Home Rule. Contenía en su seno la semilla de la escisión, pues una parte de los voluntarios debían su lealtad a la IRB, la cual tenía unos objetivos más ambiciosos que la autonomía: la independencia de Irlanda.
 
Durante 1914, ambas milicias se dedicaron a armarse. El estallido de la Primera Guerra Mundial constituía, a ojos de la IRB, la oportunidad perfecta para desembarazarse del dominio británico. El 18 de septiembre de 1914 se aprobaba, finalmente, el Home Rule, a condición de que no entrase en vigor hasta que finalizase el conflicto bélico. Redmond, por su parte, ofreció el apoyo de los INV a los británicos para su esfuerzo de guerra, lo cual estaba en sintonía con los sentimientos mayoritarios de la población irlandesa, a tenor del gran número de hombres que se alistaron en el Ejército británico.
Fue la excusa perfecta para que la IRB promoviese la escisión: de un total de unos 180.000 voluntarios, consiguió desgajar a unos 10.000, que tomaron el nombre de Voluntarios Irlandeses (IV) u Óglaigh na hÉireann en gaélico, soldados de Irlanda, denominación que reivindicarán todos los IRA hasta la actualidad. Estos hombres estaban liderados por el mismo MacNeill, además de por hombres tan significativos a partir de ese momento en el republicanismo irlandés como Patrick Pearse o Michael Collins.

Con esta fuerza, la IRB decidió organizar la rebelión armada. Contó para su esfuerzo con el apoyo del Ejército Ciudadano Irlandés (ICA) y de Cumann na mBan, una organización de mujeres republicanas fundada por la Condesa Markiewicz. El ICA había sido organizado por James Connolly a finales de 1913 como una milicia que defendiese las huelgas obreras de la represión policial. Pretendía ser expresión de sus ideas de que la independencia nacional debía llevar aparejada la revolución socialista.
 
La rebelión desencadenada por estas fuerzas y conocida como el Levantamiento de Pascua de 1916 (Easter Rising) fue un desastre absoluto. Se inició el lunes 24 de abril y prácticamente estuvo limitado a Dublín, donde sus dirigentes proclamaron la República irlandesa, con un apoyo social relativo.
 
Sin embargo, de este estrepitoso fracaso emergería ulteriormente la victoria, como había vaticinado Pearse. De partido casi insignificante, el Sinn Féin pasó a tener 125.000 afiliados en 1918. Organizado por los voluntarios que engrosaban las filas de parados, el SF se convierte en adalid de la causa irlandesa, ganándose el apoyo del clero católico más joven (y de algunos obispos), así como implicando a muchas mujeres en sus actividades. Actuaba como una suerte de Frente Popular, pues implicaba un sentimiento antibritánico, antipolicial, en definitiva, antisistema; no importaba gran cosa la ideología. Los elementos moderados al estilo del IPP se hundieron.

1918 contempló varias victorias de su causa. Consiguió revocar en la calle la imposición británica del reclutamiento obligatorio en la isla, a través de una huelga general y de una vasta campaña de agitación, en un clima casi insurreccional. La represión lanzada contra el partido y la detención de toda su cúpula, acusados de conspirar para Alemania, no hizo sino otorgarle un éxito propagandístico. Menudeaban, ya desde el año anterior, las acciones violentas de los Voluntarios que, reorganizados por Michael Collins, comenzaron a llamarse Irish Republican Army, el Ejército Republicano Irlandés (IRA). Para el otoño, abocaron a algunas zonas del país al caos.

En el mismo año se convocaron unas elecciones que el Sinn Féin enfocó como un plebiscito por la independencia. Fueron los últimos comicios que tomaron como base la isla en su conjunto hasta el día de hoy. Se repartían 105 escaños, de los que el Sinn Féin consiguió 73, el Partido Unionista 26 (23 en el Ulster) y 6 el Partido Irlandés (IPP).
 
Tras este resultado, los elegidos (salvo los unionistas, que como era previsible se abstuvieron de acudir a la llamada) se reunieron el 21 de enero de 1919 como Dáil Éireann (Parlamento Irlandés) y proclamaron la independencia sobre la base de la declaración de 1916. Éamon de Valera fue elegido presidente del mismo, así como del gobierno. En la práctica, pasó a funcionar una doble autoridad. “Los muchachos del IRA” hacían valer la suya ocupando latifundios, roturando tierras de pasto y, en definitiva, ocasionando diversos daños a la propiedad privada, algo que constituía un verdadero problema para el Sinn Féin, que pretendía no enemistarse con los sectores moderados y, sobre todo, con la Iglesia. Los chicos de Collins actuaban por su cuenta: el 19 de diciembre de 1918 habían atacado el coche oficial del Virrey, en lo que algunos consideran la acción que da comienzo a la Guerra de Independencia o Guerra Anglo-Irlandesa de 1918-1921.

Organizado en brigadas locales y flying columns (“columnas volantes”) de veinte a treinta hombres, con unos tres mil voluntarios activos de un total de quince mil, el IRA desencadenó una guerra de guerrillas que hizo inviable para los británicos el gobierno de buena parte de la isla. Sus operaciones, dirigidas sobre todo a golpear al Royal Irish Constabulary (RIC, cuerpo de policía), tenían una gran eficacia en condados como Cork, Tipperary, Kerry… donde las “columnas volantes” estaban dirigidas por hombres muy decididos.
 
El Dáil concentró sus actividades en tres direcciones, sin demasiado éxito: ganarse a los Estados Unidos con su Declaración de Independencia, motivo por el cual De Valera viajó a este país en mayo de 1919, ganarse a la Internacional Socialista, reunida en Berna, con su “Programa Democrático”, bastante izquierdista y, fundamentalmente, conseguir el apoyo de la Conferencia de Versalles, algo imposible dado que los republicanos habían recibido apoyo alemán y se habían opuesto a la Primera Guerra Mundial pero, en cualquier caso, perdió el control de los acontecimientos.
 
Los británicos no comenzaron a tomarse las cosas en serio hasta finales de 1919. En octubre ilegalizaron el Dáil y, el 25 de noviembre, al Sinn Féin, al IRA, a Cumann na mBan y a la Liga Gaélica. 40.000 hombres se encargaron de combatir al IRA desde el RIC, los Black and Tans y los Auxiliares, cuerpos estos dos últimos famosos por sus expeditivos métodos, lo que no sirvió sino para aumentar las simpatías populares hacia el IRA.
 
La Guerra fue fundamentalmente un asunto librado en el Sur. En el Norte el panorama era completamente diferente. Allí, las pocas acciones del IRA (en gran medida sectarias, contra “protestantes colaboracionistas”) resultaban contraproducentes, pues eran contestadas sin contemplaciones por los B-Specials, cuerpo paramilitar casi exclusivamente protestante heredero de la UVF y tristemente conocido por su brutalidad. La respuesta se concretaba en disturbios contra la población católica, incendios, expulsiones de los lugares de trabajo… Esta situación retroalimentaba el sectarismo en el Sur, toda vez que se desataban allí violencias contra los protestantes.
 
El predominio del unionismo en el noreste de la isla y su decidida actitud a no ceder posiciones llevó a Lloyd George a sancionarlo con la promulgación del “Acta para el Gobierno de Irlanda” en 1920, que entraría en vigor plenamente en mayo del año siguiente. Esta ley es fundamental para entender el problema irlandés contemporáneo pues fue la que estableció la partición de la isla. En efecto, dividía el país en dos zonas, cada una con un parlamento propio: el noreste unionista de seis condados más los distritos de Belfast y Londonderry, y los veintiséis condados restantes. Desde el bando republicano no se valoró la medida en su justa medida y, en cualquier caso, dado su absentismo en Westminster no pudo influir en su promulgación.

 
Fuente: elaboración propia. Pulsar en la imagen para ampliar.

El siguiente paso del gobierno británico fue negociar la paz con el IRA y con el Dáil. El 11 de junio de 1921 se decretó una tregua para el inicio de conversaciones. Celebradas en Londres, encabezaron la delegación irlandesa Michael Collins y Arthur Griffith. El resultado de las mismas fue la firma del “Tratado entre Gran Bretaña e Irlanda” o “Tratado Anglo-Irlandés”. Como su título indica, reconocía en principio la entidad global de la isla de Irlanda, pero el resultado fue muy distinto.
 
El Tratado configuraba el “Estado Libre Irlandés”, concediendo a esta entidad un status similar al que disfrutaba Canadá, país que, no obstante, ya se encontraba en vías de alcanzar la soberanía plena, por lo que en el caso irlandés imperó la ambigüedad. Se dotaba al Estado Libre de poderes legislativos y ejecutivos. Como contrapartidas, sus representantes legales debían jurar lealtad a la Corona, el Estado quedaba adscrito a la Commonwealth y, en caso de guerra, la marina y la aviación británicas podrían usar ciertos puertos del mismo.

Esta nueva legislación ofrecía a Irlanda del Norte dos alternativas. En primera instancia, el Tratado incluía a los seis condados del Norte dentro del Estado Libre Irlandés. No obstante, en el artículo 12 ofrecía la posibilidad de que el Parlamento norirlandés decidiera su exclusión del nuevo Estado, en cuyo caso los límites de Irlanda del Norte establecidos en la Ley de 1920 serían revisados por una comisión («Boundary Commission»). Collins y Griffith entendían que este artículo ponía a los unionistas del Norte contra las cuerdas obligándoles a aceptar un acuerdo en el conjunto de toda Irlanda o, en caso contrario, forzándoles a reducir drásticamente su territorio. (…) La táctica de Michael Collins consistía en asegurar considerables transferencias al Estado Libre Irlandés, haciendo inviable de esa forma la supervivencia de Irlanda del Norte. Su planteamiento consideraba que la repartición precedería a la ansiada unificación de las dos partes de la isla, pues el Tratado les ofrecía «no la libertad última que todas las naciones desean y hacia la que avanzan, sino la libertad última para alcanzarla.».
 
La correspondencia intercambiada entre el primer ministro inglés, Lloyd George, y el norirlandés, James Craig, antes de la firma del Tratado demuestra que los británicos también favorecían una solución que respetara la unidad de la isla (…) (R. Alonso, 2001: 114-115)
 
El acuerdo fue firmado el 6 de diciembre de 1921 bajo la amenaza británica de desencadenar una guerra total en caso de rechazo. El 7 de enero de 1922, el Dáil Éireann aprobó el Tratado por sólo siete votos de diferencia, en un ambiente de división manifiesta. Esta división en el seno del republicanismo dimanó fundamentalmente de la indignación de muchos republicanos respecto al hecho de que el Tratado obligase a jurar lealtad a Jorge V, algo que traicionaba su propio juramento de lealtad a “la República”. En el Norte, inicialmente, la mayoría del Sinn Féin era favorable al Tratado (no así la mayoría de “los muchachos”, furibundamente anti-Tratado). La disputa allí derivaba de qué actitud tomar respecto al Parlamento de Belfast.
 
El 14 de enero De Valera, contrario al Tratado, dimitía dando paso a un gobierno provisional presidido por Collins. La firma del Tratado desencadenó una gran violencia contra los católicos en el Norte a manos del RIC y de turbas unionistas, de tal magnitud, que Craig debió firmar un pacto con Collins para salvaguardar las vidas y las propiedades de los católicos, fracaso absoluto pues la promulgación de la “Special Powers Act” no hizo sino endurecer la represión contra los católicos y sancionarla legalmente. En las elecciones municipales de 1920, los republicanos habían obtenido la mayoría en los condados de Tyrone, Fermanagh y Derry. Su táctica consistió en adoptar una actitud absentista que sólo reconociese la autoridad del Dáil, para presionar por su inclusión en la “Comisión de Fronteras” y poder ser integrados al Estado Libre. Tales esfuerzos fueron frustrados por la policía y el Parlamento norirlandés, que disolvió las asambleas de condado absentistas imposibilitando cualquier cambio en los términos de la Partición, hasta el día de hoy. Además, fue promulgada una nueva reforma electoral que implantó el sufragio censitario reservado a quienes tuviesen propiedades.
 
En cuanto al IRA, la mayoría de sus voluntarios se opusieron al Tratado. El 21 de abril celebraron una asamblea en la que Collins trató de implicar a todos “los muchachos” en una importante ofensiva contra el Estado norteño, tratando así de mantener unido a un movimiento que ya se estaba desgarrando. Por el momento se evitó la ruptura definitiva, consiguiéndose el apoyo de De Valera (líder de los “sinnfeiners” anti-Tratado) y de Rory O’Connor, líder del IRA. La campaña militar comenzó a principios de mayo, con ataques generalizados a los efectivos del RIC, en un clima de gran violencia. Pero el unionismo era demasiado fuerte: para el día 23 ya había doscientos detenidos, cifra que se elevaba a la de setecientos un año más tarde. Los dirigentes del IRA esquivaron bastante bien la represión, pero el Sinn Féin norteño quedó desmantelado.
 
Esta colaboración con los contrarios al Tratado continuó con el pacto electoral Collins-De Valera de cara a los comicios para el primer Dáil del Estado Libre. Sería la última. Celebradas las elecciones el 16 de junio, sus resultados configuraron un Dáil compuesto en su mayoría de parlamentarios favorables al Tratado.
 
Sólo seis días más tarde, dos voluntarios del IRA terminaron con la vida de Sir Henry Wilson, asesor militar del gobierno del Norte, por su responsabilidad en la violencia sectaria contra los católicos. Este atentado originó una gran confusión, pues fueron muchos los que atribuyeron a Collins el haber ordenado la operación. Los británicos culpabilizaron rápidamente a los dirigentes del IRA contrarios al Tratado, quienes habían ocupado el edificio de Four Courts en Dublín para hacer valer su actitud, y lanzaron un ultimátum a Collins para que acabase con ellos. Manifiestamente incómodo por recibir órdenes de extranjeros, el propio IRA puso a Collins la oportunidad en bandeja al secuestrar a J.J. O’Conell, vice-mayor del Ejército del Estado Libre, en formación por aquellas fechas. Ante la negativa de los voluntarios a abandonar Four Courts, el 28 de junio se abrió fuego contra el edificio con artillería británica, iniciándose la Guerra Civil irlandesa.
 
Los “irregulares” del IRA, como fueron despectivamente denominados, desencadenaron una nueva guerra de guerrillas, en este caso contra las fuerzas del Estado Libre. El conflicto se circunscribió exclusivamente al Sur de la isla. En agosto, se cobraron la vida de Michael Collins en una emboscada en el condado de Cork. Para principios de 1923, su derrota estaba cantada. De Valera, líder de su propio gobierno anti-Tratado, pidió al IRA que rindiese sus armas. El líder de los voluntarios, Lyam Lynch, fiel a la autonomía de la guerrilla de la que siempre había hecho gala el propio Collins, decidió no aceptar este “consejo”. No obstante, su asesinato en abril posibilitó el ascenso a la dirección del IRA de Frank Aiken, hombre más moderado y cercano a De Valera, que aceptó deponer las armas en mayo, en espera de una ocasión más propicia para continuar la lucha.
 
Pese a la derrota militar de los contrarios al Tratado, no todo estaba perdido. En junio de 1923, De Valera reorganizó el Sinn Féin, organización desaparecida de la escena prácticamente desde la firma del Tratado. No reconocieron el parlamento del Estado Libre, sólo el Dáil de 1918, entendiendo que era la última ocasión en que el pueblo irlandés votó como una unidad. En verano, la organización concurrió a las elecciones generales alcanzando unos resultados sorprendentes: el 27% de los votos, resultando elegidos 44 de sus 85 candidatos. Esto les situó en la posibilidad de formar gobierno, opción que, dada su actitud absentista hacia las instituciones, desecharon de pleno.
 
Hasta 1926, De Valera trató de poner fin al absentismo en el Sinn Féin. En ese año, un nuevo fracaso en este sentido en el Ard Fheis (Congreso) anual, le decidió a abandonar la organización llevándose con él a un buen puñado de jóvenes activistas con los que fundó Fianna Fáil (FF), “Soldados del Destino” (antiguo eslogan de los Voluntarios). Este partido, que se convertirá con los años en uno de los más importantes en el Sur de la isla, arrancará la mayoría de sus votantes al SF. Con la marcha de De Valera se iniciaba para el Sinn Féin y para el IRA una larga travesía por el desierto, con distintos altibajos, hasta que el estallido de los Troubles  (1) permita su espectacular resurgimiento en el Norte en los años setenta.
 
BIBLIOGRAFÍA

AIERBE, Peio (1989): Lucha armada en Europa. Gakoa liburuak, Donosti.

ALONSO, Rogelio (2001): Irlanda del Norte. Una historia del conflicto y la búsqueda de la paz. Editorial Complutense, Madrid.

FEENEY, Brian (2005): Sinn Féin: un siglo de historia irlandesa. Edhasa, Barcelona.

SIERRA, Luis Antonio (1999): Irlanda del Norte: historia del conflicto. Sílex, Madrid.
 
CRONOLOGÍA SUMARIA

 
1169: Primeros asentamientos de ingleses y galeses en Irlanda.

1585: La corona inglesa controla las provincias irlandesas de Leinster, Munster y Connacht, pero no la del Ulster.

1603: La derrota del último jefe gaélico que había resistido a la corona en el Ulster da paso a la colonización de la provincia.

1690: El rey protestante Guillermo de Orange derrota al monarca católico Jacobo II en la Batalla del Boyne, victoria celebrada anualmente por los unionistas hasta nuestros días.

1795: En un marco de intensa violencia sectaria nace la Orden de Orange.

1798: Fracasada sublevación de nacionalistas irlandeses frente al poder inglés en la isla.

1800: Acta de Unión: Irlanda pasa a formar parte del Reino Unido.

1886, 1893, 1912: Intentos fracasados de introducir la autonomía legislativa para Irlanda por parte del Gobierno británico.

1916: Insurrección republicana contra los ingleses en Dublín, violentamente reprimida.

1920: Ley para el Gobierno de Irlanda, que crea dos parlamentos en la isla, uno en el Sur y otro en el Norte, para los seis condados, los cuales pasan a constituir la entidad conocida como Irlanda del Norte.

1921: Fin de la Guerra de Independencia irlandesa con la firma del Tratado Anglo-Irlandés, que crea el Estado Libre irlandés, del que quedan fuera los seis condados que conforman Irlanda del Norte.

1921: Creación del parlamento autónomo de Stormont (Belfast), controlado exclusivamente por unionistas protestantes; será responsable de prácticas antidemocráticas contra la población nacionalista.

1923: Fin de la Guerra Civil irlandesa con la victoria de los partidarios del Tratado; aceptación, por tanto, de la partición de Irlanda.



(1) “The Troubles”, los problemas, es un término eufemístico que se usa para denominar a la etapa de violencia que estalló en 1968-1969 en Irlanda del Norte y que abarcaría hasta finales de la década de los 90, con el Acuerdo de Viernes Santo (GFA).

martes, 12 de marzo de 2013

Manuel Pedregal y Cañedo: un moscón en la vanguardia republicana española


Manuel Pedregal. 1890.

Manuel Pedregal nació en Grado, el 12 de abril de 1832. Tras estudiar Derecho en la Universidad de Oviedo, estableció un bufete de abogados en la capital asturiana. Durante el Bienio Progresista (1854-1856) mantuvo posiciones democráticas que le llevaron a participar en el comité provincial del Partido Democrático. Aficionado a la política y la Historia, fue admitido en la Real Academia de la Historia en 1866. De firme ideología republicana, tomó parte en la Revolución de 1868, conocida como La Gloriosa.
 
Ocupó varios cargos políticos: concejal del Ayuntamiento de Oviedo y, desde febrero de 1873, gobernador de La Coruña, habiendo sido ya establecida la I República. También fue diputado por Gijón en las Cortes Constituyentes de 1873 que proclamaron la República. Fue vicepresidente de las Cortes y, poco después, nombrado ministro de Hacienda por Castelar, cargo que ocupó desde septiembre de 1873 hasta enero de 1874. Cabe señalar que ya había rechazado una cartera ministerial ante los ofrecimientos de Pi y Margall. En un contexto de fuertes dificultades económicas, logró equilibrar las cuentas del Estado y reorganizar la situación del Tesoro Público.
 
Tras la caída de la República, Pedregal volvió a ejercer como abogado, si bien ocupó algunos cargos dignos de señalar: decano del Colegio de Abogados de Oviedo; presidente del Ateneo de Madrid; y cofundador, con Giner de los Ríos, de la Institución Libre de Enseñanza, siendo rector de estudios y presidente de la junta de gobierno. En 1881 volvió a la política, siendo elegido en las elecciones a Cortes por Oviedo en 1886, 1891 y 1893. Fue el principal líder del republicanismo en Asturias. Murió en Madrid, el 26 de julio de 1896. Un año más tarde, se erigía en Grado una estatua que, vergonzosamente, fue retirada tras la entrada del bando nacional en la villa, en 1936. Actualmente, en el parque de San Antonio de Grado está presente un busto en su honor.

Busto de Manuel Pedregal, Grado (Grau)

 
Por cierto, este hombre de Estado, moscón -gentilicio de Grado- de nacimiento, rechazó la paga que le correspondía como ex-ministro, cuestión más elogiable aún si nos remitiésemos a algún caso más que llamativo de la escena política actual.
 
 
 
FUENTES
 
 
CABAL, A.J.: Arte en los concejos de Candamo, Grado y Las Regueras. Oviedo. Cajastur, 2003.
 

sábado, 9 de marzo de 2013

J'Accuse... El caso Dreyfus

La degradación de Dreyfus

1894. La degradación y destierro del capitán Alfred Dreyfus fue uno de los mayores fiascos de la justicia francesa de su Historia Contemporánea. En aquella época, las relaciones entre Francia y Alemania no eran buenas, lo que llevó a la contrainteligencia francesa -dirigida por el coronel Sandherr- a establecer una estrecha vigilancia de la embajada alemana. Fue así como llegaron a manos de Sandherr unos planos de fortificaciones francesas hallados en el despacho del agregado militar alemán. Era evidente que había un traidor en el ejército francés.

Poco más tarde, el segundo de Sandherr, el mayor Henry, recibió un manuscrito en el cual se clasificaba toda la información vendida a los alemanes y entre las nóminas del mismo aparecía Alfred Dreyfus, un oficial que, por el hecho de ser judío, fue utilizado como cabeza de turco. De cinco expertos en caligrafía que examinaron los documentos, tres afirmaron que habían sido escritos por Dreyfus. Tras varios días de vagas acusaciones, una orden del Ministerio de Guerra inculpaba a Dreyfus. El 5 de enero de 1895, el tribunal militar le halló culpable, condenándolo a cadena perpetua. Dos semanas más tarde, era enviado a la Isla del Diablo, en la Guyana Francesa.

En 1896 aparecieron nuevas evidencias procedentes de la embajada alemana: una carta que no llegó a enviarse destinada al mayor Ferdinand Walsin Esterhazy. Las sospechas de Picquart -sustituto de Sandherr al frente de la contrainteligencia- cayeron sobre Esterhazy, pero el alto mando francés trató de bloquear la cuestión. Las novedades del caso fueron filtradas a la prensa, causando gran revuelo y llevando, en enero de 1898, a la aparición en el diario L'Aurore de la famosa carta "Yo Acuso" de Émile Zola al presidente de la república, donde condenaba la actuación de varios oficiales y los tres expertos en caligrafía. Zola fue juzgado y sentenciado a un año de prisión, y Picquart expulsado del ejército por la filtración del caso. El clima de indignación entre la sociedad francesa llevó al interrogatorio del mayor Henry, quien reconoció haber falsificado las pruebas. Esterhazy huyó a Londres.

En 1899 se reabrió el caso, celebrando un nuevo juicio en el que la altiva corte marcial condenó nuevamente a Dreyfus, esta vez a diez años más de confinamiento. La nueva denuncia de Zola hizo que, diez días más tarde, el Ministro de Guerra indultase a Dreyfus por motivos de salud. En 1906 fue readmitido en el ejército y nombrado caballero de la Legión de Honor.
 


FUENTES


ANG, G. (Dir.): Secretos y misterios de la Historia. México. Reader's Digest, 1990.

martes, 5 de marzo de 2013

60 Aniversario: La muerte de Stalin


Stalin, 1949. Fuente: Bundesarchiv


Hoy es el sesenta aniversario de la muerte de Stalin, la cual tuvo lugar el 5 de marzo de 1953. El tirano había pasado varios días agonizando. Lo cierto es que existen varias versiones sobre estos hechos -incluso la de envenenamiento por Beria, jefe de la policía secreta-, si bien la más aceptada a día de hoy es la siguiente: en la noche del 1 de marzo, Stalin celebró una cena en su dacha con su camarilla más próxima: Beria, Bulganin, Malenkov y Krushchev. Tras retirarse a su habitación, en torno a las cuatro de la madrugada, el líder soviético sufrió una embolia que le llevó a yacer inconsciente sobre el suelo durante horas. Sus guardaespaldas y servicio no se atrevieron a llamar a la puerta -tal era el temor que infundía aquel hombre incluso a su círculo más próximo-, y no fue hasta la tarde del día 2 cuando su mayordomo decidió entrar en la habitación, encontrando a Stalin tendido en el suelo con la ropa del día anterior.

Fue entonces cuando se avisó a los cuatro camaradas de la última cena, que acudieron a su dacha para supervisar su estado. Se tardó bastante, aún así, en llamar a los médicos, que tampoco acertaron en el modo de tratar al enfermo por miedo a tomar una decisión -debe mencionarse que, por aquel entonces, habían pasado unos meses del encarcelamiento de muchos de los mejores médicos de la Unión Soviética, debido a las purgas que giraron en torno al, en teoría, complot de los médicos-.  Tras varios días de agonía, Stalin murió a las 22.10 horas del 5 de marzo. En el informe de la autopsia se indicaba el "carácter irreversible del mal", frase irónica si la aplicamos también a sus actos para con aquellos miles y miles que sufrieron su arbitrariedad y paranoia. El 9 de marzo tuvo lugar su funeral, símbolo del fin de una era. Pocas semanas después, comenzó a abandonarse el culto a la persona de Stalin y en febrero de 1956, Krushchev, en el seno del XX Congreso del Partido, anunció el fin del terrorismo de Estado como política interna.

 


FUENTES


ANG, G. (Dir.): Secretos y misterios de la Historia. México. Reader's Digest, 1990.

El Mundo, 05/03/2013, Xavier Colás


PROCEDENCIA DE LA IMAGEN

Josef Stalin: Bundesarchiv, Bild 183-R80329 / CC-BY-SA

viernes, 1 de marzo de 2013

Históricos y renovadores: el caso del PSOE-H (Histórico)



Emblema del PSOE-H. Elaboración propia

A comienzos de los años setenta, no pocas voces clamaban por una renovación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que reorientase el componente ideológico del partido -especialmente respecto a las relaciones con el PCE-, acometiese una reorganización del mismo y equilibrase la relación de poder entre las ramas exterior (exilio) e interior.
En agosto de 1970 se celebró el XI Congreso en el exilio del PSOE, en Toulouse. Allí, los delegados del interior se mostraron contrarios a la dirección del exterior, representada por Rodolfo Llopis, secretario general. Entre los integrantes de la delegación andaluza había un joven abogado laboralista, Felipe González, quien contando con el apoyo del interior y, también, de algunos sectores del exterior, logró que se aceptase una dirección equilibrada entre Madrid y Toulouse. Para el PSOE del interior, el siguiente paso consistía en la convocatoria de un nuevo Congreso en el que se sustituyese la dirección de Rodolfo Llopis.

Un nuevo Congreso llegó en agosto de 1972, el número XII, celebrado también en la citada ciudad francesa. En su seno surgió el sector renovado del PSOE, mayoritario frente al grupo de los históricos de Llopis. Dos años más tarde, en enero de 1974, la Internacional Socialista -cuya recreación había apoyado Llopis en 1951- reconoció a los renovadores y en octubre, en el marco del conocidísimo XIII Congreso de Suresnes, tuvo lugar la escisión del partido. Felipe González "Isidoro" era elegido secretario general en sustitución de Llopis. Los jóvenes sustituían a los viejos en un claro relevo generacional. Por cierto, en 1971 se había producido una escisión renovadora en el seno de UGT, encabezada desde el interior por Múgica, Castellanos y Redondo, que sirvió de claro precedente.

El PSOE-H mantenía sus postulados tradicionales: ni hablar de acuerdos con el PCE y espera a la caída del régimen para reinstaurar la legalidad republicana. En 1976 entró en la escena española de la mano de los prietistas Víctor Salazar y Ovidio Salcedo -exiliados en México hasta el momento-, siendo legalizado ese mismo año al integrarse en el registro de asociaciones políticas que puso en marcha el Gobierno de Arias Navarro. Los históricos confiaban en alcanzar un acuerdo con los renovadores para la reunificación del partido, mostrando incluso notable optimismo al respecto en uno de sus comunicados.

El 12 de octubre de 1976, en el seno del XXVIII Congreso del partido, se formó una nueva ejecutiva encabezada por el abogado Manuel Murillo. El nuevo secretario general se declaraba como "no anticomunista", al tiempo que Llopis, en su intervención, afirmaba que el PSOE-H estaba dispuesto a renovarse, afirmaciones que parecen orientadas a crear un clima de distensión en el que se produjese un acercamiento con el PSOE-R.

Finalmente no hubo tal acercamiento y ante las elecciones del 15 de junio de 1977, el PSOE-H formó la coalición Alianza Socialista Democrática con el PSDE. Tras obtener unos resultados más que discretos (101.916 votos, un 0,56% de los votos válidos), en octubre se eligió nueva ejecutiva liderada por Rafael Campillo. Miguel Peydró fue elegido presidente del partido, cargo que revalidó en el XXIX Congreso de abril de 1979, cónclave en el que se eligió a Domingo de Mora como secretario general. Los resultados electorales de marzo no habían sido buenos (133.869 votos, un 0,74%). En 1981, el Tribunal Supremo declaró ilegal el uso de las siglas "PSOE" por parte del sector histórico, pasando a llamarse Partido Socialista. Las terceras elecciones generales de la democracia, celebradas en octubre de 1982 (6.375 votos, 0,03%), constituyeron una nueva dosis de realidad. Tras la mayoría absoluta del PSOE, Miguel Peydró abandonó el PS e ingresó en el PSOE. El partido siguió existiendo bajo las nuevas siglas de PASOC (Partido de Acción Socialista).



FUENTES


GIRAUTA, J.C.: La verdadera historia del PSOE. Madrid. Buenas Letras, 2010.

MORENO SÁEZ, F.: "Partidos, sindicatos y organizaciones ciudadanas en la provincia de Alicante durante la Transición (1974-1982)". Universidad de Alicante.

La Nueva España. "El PSOE Histórico"